Fábulas de La Fontaine con gatos

 

La Fontaine  fue uno de los grandes maestros de la fábula, vivió en Francia en el siglo XVII (1621-1695). En esa época comenzó a reinar Luis XIV (1643),  que implanta una tiranía vergonzosa. Dentro de este contexto La Fontaine  con sus fábulas, realizó críticas a las relajadas costumbres de la época. Algunas de las fábulas contadas eran recreaciones de fábulas de Esopo, escritas en el siglo VI a.C.

 

1- La gata cambiada a mujer (original de Esopo)

 

Un hombre locamente encaprichado de su gata, encontrándola hermosa, delicada y zalamera, con una voz dulcísima, llegó a estar más loco que los locos, y con lágrimas y ruegos, sortilegios y brujerías consiguió del Destino que una buena mañana su gata apareciese convertida en mujer.

No esperó más el mentecato, y el mismo día hízola su esposa.

De loco de amistad que antes estaba, vedlo convertido en loco de amor más extremado: nunca la dama más hermosa cautivó tanto a su caballero como esta nueva esposa a su extravagante marido. Este la adora; ella le llena de zalemas (reverencias), ya no le encuentra ni rastro de gata, y, obcecado hasta el fin de su yerro, la tiene por mujer en todo.

Mas cuando algunos ratones que rondaban la mesa llegan y turban la dicha de los recién casados, la mujer se pone de repente, a  cuatro patas. Huyen aquellos, pero luego vuelven, y pónese la mujer al acecho; no la temen los ratones gracias a su nueva figura, que le sirve de verdad de cebo, y esta vez, por fin, los caza.

 

¡tal fuerza tiene lo natural!!

Este se burla de todo: llegados a cierto tiempo, el jarro rezuma y la tela toma arrugas. Vano es todo intento de contrariar su paso cotidiano, ni varas ni azotes consiguen reformarlo. Dadle con la puerta en las narices, y volverá por la ventana.

 

 

2- El Gato y la Zorra (Esopo)

 

El gato y la zorra, como dos santitos inocentes, partieron en peregrinación.

Eran dos verdaderos pícaros, dos bribones redomados, dos taimados zalameros, que para cubrir los gastos de viaje, devoraban a porfía las aves y hurtaban los sabrosos quesos.

El camino era largo y fastidioso, y para acortarlo discutieron. Las disputas son una ayuda excelente; sin ellas pasaríamos la vida dormidos. Disputaron, pues nuestros peregrinos hasta quedarse roncos, y al fin la zorra al gato dijo:

                -Tu pretendes que eres muy astuto; pero sabes tanto como yo?. Yo llevo en el saco cien estratagemas.

                 -Pues yo- replicó el otro- sólo llevo en mi alforja un recurso, pero que vale por mil.

Volvió a empezar la disputa sobre que sí, que no, y en esto estaba el gato y la zorra cuando una jauría se abalanzaba sobre ellos, poniendo término a la riña.

-         Escarba en tu saco, amiga; que yo tengo la mía- dijo el gato a la zorra, al tiempo que subía velozmente a un árbol.

 

La zorra buscó cien rodeos diferentes, se metió en cien agujeros, escapó cien veces a los perros; mas todo fue sin resultado: su olor y los sabuesos denunciaban sus argucias. Al salir de un último refugio, dos perros de pies veloces se precipitaron sobre ella, matándola.

 

Disponer de muchos expedientes puede echar a perder un asunto: piérdese el tiempo eligiendo, intentando, queriéndolo hacer todo. Tengamos uno solo, pero que sea seguro.

 

 

3- El Gato y el Ratón

 

Cuatro animales distintos, el gato de uñas largas, la melancólica lechuza, el ratón roedor y la distinguida comadreja de largo talle, todas personas de alma malvada, habitan el tronco carcomido de un pino viejo y silvestre. Una noche el hombre tendió sus lazos alrededor del pino. A primera mañana sale el gato en busca de su presa. Las últimas sombras le impiden ver el lazo, y nuestro gato cae en él. Con peligro de muerte. Grita el gato y acude el ratón;  el primero está desesperado; el otro lleno de alegría, al ver prisionero a su mortal enemigo. Dícele el pobre gato:

-         Mi buen amigo; patentes son hacia mi las muestras de tu bondad; ven y ayúdame a salir del lazo en que mi ignorancia me ha precipitado. A ti solo, entre todos los tuyos, he mimado siempre, llevado de una cariño singular, amándote como a mis pupilas. No lo siento, y doy gracias a los dioses. Precisamente me dirigía a hacerle mis oraciones, como todos los gatos piadosos hacen por la mañana. Este maldito lazo me retiene; mi vida está en tus manos. Acércate para deshacer estos nudos.

-         Que recompensa  me das por hacerlo?-repuso el ratón.

-         Te juro amistad eterna-dijo el gato-; puedes disponer de mis uñas y vivir tranquilo. Te protegeré contra todos; la comadreja, si quiere comer, habrá de hacerlo con el marido de la lechuza. ¡ Las dos te quieren muy mal!.

-         Necio -responde el ratón-. ¿Liberarte yo?, No soy tan estúpido para hacerlo! –y se dirige hacia su refugio.

 

Cerca del agujero lo esperaba la comadreja; trepa el ratón más arriba, y se topa con la lechuza: por todas partes le acecha el peligro. Vuelve el ratón junto al gato, roe un nudo, otro después, y al fin liberta al animal hipócrita. En este momento aparece el hombre y los nuevos amigos emprenden veloz carrera.

Pasados unos días, nuestro gato divisa a distancia a su amigo el ratón, desconfiado y a la defensiva.

-         ¡Ven a besarme hermanito! –le dice-. Tu desconfianza me ofende; miras a tu aliado como a un enemigo. ¿Crees  que he olvidado que, después de Dios, te debo la vida?.

-         ¿Y crees tu –replica el ratón- que yo he olvidado tu naturaleza?. ¿Puede ningún tratado obligar a un gato a ser agradecido?.

 

 ¿Puede nadie confiarse en una alianza impuesta por la necesidad?

 

 

4- El gato viejo y  el ratón jovencillo

 

Un ratón jovencillo, con muy poca experiencia, creyó ablandar a un viejo gato implorando su clemencia.

-         Dejadme vivir –decía- . Un ratoncillo de mi tamaño y de mi apetito, ¿puede ser una carga para este palacio?, ¿Creéis, señor gato, que yo puedo reducir el hambre al amo y al ama, con todos sus criados? Un grano de trigo me alimenta; con una nuez me pongo como una bola. Pero ahora estoy flacucho; esperad algún tiempo; conservadme mejor para banquete de vuestros señores hijos.

 

Así hablaba al gato el ratoncillo prisionero. Aquél le dijo:

-         Pierdes el tiempo, amigo. ¿A mi me vienes con tales discursos? Más ganaría hablando a los sordos. ¿Perdonar yo, siendo gato y siendo viejo? ¿Cuándo se ha visto esto? Así, pues, con arreglo a estas leyes, baja a lo profundo, muere ya, y vete al instante a arengar a las hermanas hilanderas (las parcas). No les faltará a mis hijos banquete de otros ratones.

 

Mantuvo el viejo gato su palabra, y ver ahora el sentido moral que a mi fábula conviene:

La juventud se ilusiona creyendo que todo lo consigue, y la vejez es implacable.

 

 

5- El gato y los dos gorriones

 

Un gato de igual edad que un gorrión jovencillo, vivía junto a éste  desde los días de su nacimiento. El cesto y la jaula  tenían el mismo techo  hogareño.

Muy a menudo el gorrión irritaba al gatito: aquél le alanceaba con el pico; éste se defendía con las patas.

El gato, sin embargo, perdonaba a su amigo; nunca se hubiera permitido enseñarle las uñas al imprudente. El pajarillo, menos circunspecto, no dejaba de darle agudos picotazos, pero maese gato, persona discreta y razonable, excusaba sus juegos: nunca entre amigos debemos abandonarnos a los arrebatos de una furia verdadera.

Como ambos se conocían desde su más tierna infancia, la prolongada costumbre mantenía la paz entre ellos. Nunca el juego se transformó en verdadera lucha. Pero otro gorrión del barrio vino a visitarlos y se hizo compañero del gorrioncete petulante y del discreto gatito. Entre los dos pajarillos surgió una disputa  y el gato tomó en seguida partido.

-         ¿Cómo? – exclamó-. ¿Este desconocido viene a provocarnos y se atreve a insultar así a mi amigo?. ¿Va a engullirse el gorrión del vecino el mío?. ¡Que no, por todos los gatos!.

 

Y entrando en el combate, atrapa y devora al gorrión intruso.

-         ¡Caramba - dice ámese gato-, que gusto exquisito y delicado tienen los gorriones!

Por esta reflexión, devoró también al otro.  

En esta fábula no se escribió la moraleja, así que cada lector puede sacar la conclusión que más le guste. Sin embargo sería bueno pensar que a veces es mejor no despertar algunos instintos que llevamos dentro.

 

 

6- El mono y el gato

 

Bertrand y Ratón, uno mono y el otro gato, ambos comensales de una misma casa, tenían un amo común. Para bichos endiablados, formaban los dos una buena pareja: no temían la competencia de ningún otro, fuera el que fuese. Si en la casa aparecía algún estropicio, inútil buscar culpable: Bertrand lo ocultaba todo. Por su parte, Ratón cuidaba menos de las ratas que de los quesos.

Un día junto al fuego nuestros dos bribones contemplaban como se asaban unas castañas. Robarlas era broma excelente, y el beneficio doble: su propio provecho primero y el mal ajeno después. Bertrand dijo a Ratón:

-         Hermanito, tienes que hacer una de las tuyas: sácame esas castañas del fuego. Si Dios me hubiera hecho capaz de sacarlas, ciertas castañas danzarían de contento.

 

Y dicho y hecho: Ratón, con su pata, delicadamente separa la ceniza y retira los dedos; poco a poco saca una castaña, luego dos, tres después, y Bertrand se las come. Llega una criada y adiós mis gentes. Dícese que Ratón no quedó muy contento.

Tampoco quedan la mayoría de esos príncipes que halagados con semejante empleo, van a escaldarse en las provincias en beneficio de algún rey.

 

 

7- El Águila, la Gata y la Jabalina

 

Cobijaba el águila a sus pequeñuelos en lo alto de un árbol hueco; al pie los suyos la jabalina, y  la gata en el centro. Y todas tan contentas, madres y crías, gracias a esta distribución. Más la gata destruyó con su falacia la armonía. Trepando hasta el águila, le dijo:

-         Nuestra muerte, y digo nuestra porque la de nuestros hijos es para nosotras nuestra misma muerte, no está lejos. ¿Ves a nuestros pies a  esa maldita cerda escarbando sin parar el suelo para cavar una mina? ¡seguro que lo hace para derribar el árbol y devorar a nuestros pequeñuelos una vez por tierra! ¡Ay , tan cierto es, que si hubiera de quedarme uno solo no me quejaría!.

 

Márchase de este lugar, luego de sembrar el miedo, y la pérfida desciende al sitio donde hace poco había parido la jabalina.

-         ¡Querida amiga y vecina- le dice por lo bajo-, voy a hacerte una advertencia! El águila, si te descuidas, se lanzará sobre tus hijos, pero guárdame el secreto, porque temo su ira.

 

Sembrando también el espanto en esta segunda familia, vuelve la gata a su agujero. El águila no se atreve a salir ni aun para buscar el sustento de sus hijos. Menos aún la jabalina. Entrambas en no salir se obstinan para salvar a sus crías si llega la ocasión: el ave real, por temor a la mina, la hembra del jabalí, por miedo a su irrupción.

El hambre, al fin, lo destruye todo: nadie queda con vida en el nido del águila ni en la madriguera de la jabalina. ¡Magnífico banquete para los gatitos!.

Que no tramará una lengua traidora gracias a su hábil perversidad! ¡De todos los males que escaparon de la caja de Pandora, aquel que a justo título más aborrece el mundo entero, según opino, es la falsía.

 

 

8 - El Gato y el ratón viejo (Esopo)

 

Un gato experto cazador, era el terror del mundo ratonil en una legua a la redonda, pues se había empeñado en despoblar de ratones el universo. Cepos y ratoneras eran un juego junto a este gato. Viendo ya que los ratones, encerrados en sus agujeros, no se atrevían a salir, sin encontrar ninguno por mucho que buscaba, el bribón se hace el muerto, colgando cabeza debajo de un madero, pero sujeto a éste por las patas.

El pueblo ratonil cree que se trata de un castigo, que ha robado un quesos o tal vez un asado, arañado a alguien o causado algún daño y que por eso ha sido al fin colgado. Todos esperan reírse en su entierro, asoman el hocico, luego la cabeza, por fin las cuatro patas y corren en busca de comida. Pero no contaban con la astucia, el muerto resucita y atrapa a los más cercanos, diciendo al tiempo que los engulle:

-         Es una vieja estratagema; vuestras hondas cavernas no os salvarán, os lo aseguro, pues sé más de un engaño.

 

Y decía verdad el muy ladino. Por vez segunda los engaña: blanquea con harina su pelaje y disfrazado de tal suerte, se acurruca en un armario abierto. La menuda gentecilla corre a buscar la muerte. Sólo un viejo ratón, rabicorto en pretérita pelea, desconfía y se abstiene de acudir al cebo, gritando desde lejos al Atila:

-         No me vas a engañar, amigo, aunque parezcas harina! No me acercaría

 

La experiencia y la prudencia indican que la desconfianza es la madre de la seguridad.